Leído por una voz IA
El otro día estaba ordenando fotos antiguas en mi computadora. Una limpieza sin historia, de esas que uno hace a veces.
Y me encontré con esta. Un viejo velero, casco negro y cinta roja, varado a la orilla del agua. Lo había fotografiado un día sin saber muy bien por qué. No conozco la noche que precedió, ni el nombre de ese barco. Solo sé lo que dijeron los periódicos al día siguiente: había encallado por un problema de ancla.
Un problema de ancla
Esas palabras se me quedaron.
Porque un ancla no es solamente ese bloque de metal que se echa por la borda. Es un conjunto. Está el ancla misma, pesada y sólida. Y está la cadena que la une al barco. La una no vale nada sin la otra. Un ancla magnífica, pero cuya cadena cede, ya no retiene nada. El barco va a la deriva y termina en la arena.
Esta foto, reencontrada por casualidad, despertó en mí una verdad muy simple.
¿Cuántas veces, en las tormentas —un duelo, una enfermedad, una duda que se instala—, creemos primero sostenernos por nuestras propias fuerzas? Nuestra energía, nuestra voluntad, nuestro valor. Hasta el día en que esas fuerzas también se agotan.
El ancla está dada
La epístola a los Hebreos no nos deja sin socorro:
«Tenemos esta esperanza como ancla del alma, segura y firme.»
Hebreos 6:19
El ancla está dada. Es segura. El texto lo dice claramente. Pero un ancla sostiene por su cadena.
Y esa cadena son las Escrituras. Cada promesa es un eslabón que nos une a la fidelidad de Dios.
«Lámpara es a mis pies tu palabra.»
Salmo 119:105
Día tras día, la lectura sencilla de la Palabra va soltando esa cadena, eslabón tras eslabón. Nada espectacular. Un tiempo tranquilo, regular, casi humilde.
Pero si ese vínculo se descuida —si la oración y la lectura se detienen—, el ancla se queda en cubierta. Está ahí, intacta, inútil. Y al primer golpe de viento nos vemos amenazados de terminar encallados, el corazón cargado de preocupaciones.
No es en la tormenta cuando se revisa la cadena
Es antes. En la calma de una mañana cualquiera, un texto abierto, una promesa releída.
Una foto olvidada me recordó todo esto. Todavía me hace la pregunta, y te la paso:
Y tu cadena, ¿cómo está hoy?
Una cosa más
Al releer estas líneas, me volvió una vieja imagen. Atraviesa los siglos y las tradiciones: si se convirtieran todos los océanos en tinta y el cielo entero en pergamino, si se le diera una pluma a cada hombre, todo eso no bastaría para escribir el amor de Dios. La tinta se agotaría antes del final de la frase.
Se la encuentra entre los poetas judíos de la Edad Media. Se la vuelve a encontrar, siglos después, en un himno que todavía cantamos.
Could we with ink the ocean fill
and were the skies of parchment made,
were ev'ry stalk on earth a quill
and ev'ry man a scribe by trade,
to write the love of God above
would drain the ocean dry;
nor could the scroll contain the whole,
tho' stretched from sky to sky.
Traducción
Si con tinta llenáramos el océano,
y los cielos fueran hechos de pergamino,
si cada tallo de la tierra fuera una pluma
y cada hombre un escriba de oficio,
escribir el amor de Dios en lo alto
dejaría seco el océano;
y el rollo no contendría el todo,
aunque se extendiera de un cielo a otro.
Espacio reservado — estrofa del himno por insertar
Frederick M. Lehman, «The Love of God», 1917 — dominio público.
Estrofa tomada del Akdamut de Meir ben Isaac Nehorai (h. 1050). Traducción española: Au fil de la Parole.
Ahí es donde la imagen se da vuelta.
Mi propia tinta —la de las páginas releídas cada mañana— es el eslabón que me sostiene. Pero la tinta de todos los océanos no bastaría para escribir a Aquel que sostiene el otro extremo de la cadena.
El ancla es más grande que la cadena. Siempre.
No me queda más que aferrarme a ella.