La pasión divina por restaurar el valor
En algún lugar de una playa cerca de Marsella, hay una puerta de tabernáculo con una historia.
Primero fue un árbol — en algún lugar que nadie recuerda ya. Luego quizás un barco, o una casa, o simplemente madera olvidada sobre el agua. Las tormentas la rodaron, el mar la saló, el tiempo la desgastó. Y un día, esta madera exhausta llegó a la arena.
Ahí fue donde un artista la vio. No como desecho. No como un problema por resolver. Como un material precioso, formado por el sufrimiento, listo para sostener algo hermoso.
«Tengo pasión por restituir valor a lo que ya no lo tiene.»
— El artista
No sé lo que tú cargas ahora mismo. Quizás una historia que no puedes contar porque te ha rodado, salado, dañado tanto. Quizás una sensación de haber perdido algo esencial, de haber llegado demasiado tarde, demasiado roto, demasiado gastado para ser todavía útil.
¿Y si es precisamente ahí donde comienza la historia?
Jesús tenía esta misma pasión. No buscaba madera recién cortada del bosque — a los que crecieron derechos, en condiciones favorables. Buscaba los naufragios. Los perdidos. Aquellos a quienes nadie miraba ya. Y ponía en sus manos una belleza que jamás habrían podido imaginarse para sí mismos.
«De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.»
2 Corintios 5:17 (RVR60)
Lo que el mar ha dañado en ti, Dios no lo convierte en una lista de tus faltas. Lo convierte en una puerta.