La unidad en la iglesia — o en cualquier comunidad cristiana — no es un estado que se alcanza una vez para siempre. Es algo que hay que guardar activamente: solícitos, dice Pablo, lo que implica esfuerzo, vigilancia, cuidado. La unidad no se regala — se trabaja.
La paz que la sostiene no es la ausencia de diferencias ni el silencio de los conflictos tapados. Es el vínculo — esa ligadura invisible tejida por el Espíritu entre personas distintas que eligen permanecer juntas. La paz no es el resultado de que todos piensen igual. Es el fruto de que todos amen al mismo Señor — y que ese amor sea más fuerte que lo que podría separarlos.
«Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.»
Efesios 4:3