Tu respiración, incluso ahora mientras lees, no es un mecanismo automático librado a sí mismo. La Biblia no usa la palabra aliento por casualidad: es la misma palabra que designa el Espíritu de Dios (ruach en hebreo, pneuma en griego). Cuando respiras sin pensar, estás recibiendo un don continuo. No te sostienes a ti mismo — eres sostenido.
Es también el aliento que revivió los huesos secos en la visión de Ezequiel, y que levantó a los apóstoles en Pentecostés. El mismo Dios que te anima hoy puede revivir lo que parece muerto en ti. Un llamado enterrado, una alegría desgastada, una esperanza que se ha silenciado.
«Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.»
Génesis 2:7