En la Trinidad, el Espíritu Santo es a menudo el que menos conocemos. Tenemos una imagen del Padre como Creador, conocemos a Jesús el Hijo encarnado, pero el Espíritu permanece vago — como un soplo sagrado, una fuerza difusa. Sin embargo, Jesús no lo llamó una fuerza; lo llamó el Consolador, una palabra que literalmente significa "el que permanece a tu lado".
El Espíritu no es una influencia, es una presencia. Enseña cuando lees, trae cosas a la memoria cuando olvidas, intercede cuando las palabras fallan, fortalece cuando el ánimo flaquea. Su discreción no es ausencia: es su manera propia de ser Dios contigo, en lo más íntimo de tu ser.
«Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.»
Juan 14:26