A veces el amor al prójimo se plantea como una exigencia moral — debería amar más, intentarlo más, ser más paciente. Y cuanto más se convierte en esfuerzo personal, más se agota. Juan abre otra puerta: el amor que se te pide dar no nace de tus reservas personales. Nace del amor que has recibido.
No eres el depósito — eres el canal. Dios ha amado primero, abundantemente, sin que lo merecieras. Ese amor es el único que tiene fuerza para pasar a través de ti hacia los demás. Cuando te sientes seco en tus relaciones, la pregunta no es «¿cómo amar más?» sino «¿me he detenido a recibir el amor de Dios?» El canal fluye cuando la fuente está abierta.
«Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros.»
1 Juan 4:11