La santificación puede volverse una carrera agotadora — siempre comparándose, siempre midiendo el avance, siempre decepcionándose. Pablo nos da un eje diferente: la meta no eres tú mejorado, sino la imagen del Hijo. No se trata de pulirte a ti mismo — se trata de ser conformado a Él.
No te parecerás a Jesús mirándote en el espejo de la perfección. Te parecerás a él contemplándole a él. El proceso es obra de Dios, no conquista tuya. Él que te llamó es fiel — y lo que comenzó, lo llevará a cabo. Tu parte es permanecer cerca, con la mirada vuelta hacia él, día tras día, a pesar de las caídas y de los comienzos de nuevo.
«Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.»
Romanos 8:29