Hay momentos en que lo que hemos hecho — o dejado de hacer — vuelve a encontrarnos. Una palabra hiriente que no deberíamos haber dejado escapar, una mano que no tendimos, una pequeña o gran infidelidad, una cobardía ordinaria. El reflejo es doble: minimizar («no es tan grave») o hundirse («ya no merezco nada»). Ninguna de las dos es lo que Dios espera de nosotros.
Juan no te pide que te absuelvas ni que te aplastes: solo te pide que nombres. La confesión no es un tribunal — es un regreso. Depositas ante Aquel que puede cargarlo lo que te pesa, y que se ha comprometido — fiel y justo — a perdonarlo.
«Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.»
1 Juan 1:8-9