Leído por una voz IA
« Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré. »
Apocalipsis 3:20
En la calle del pueblo, una fachada se ofrece al sol de la tarde. Todo se juega en sus persianas.
Entreabiertas, dejan subir al corazón un soplo de ternura: se adivina, detrás de la madera, en la luz suavizada y el frescor preservado, que la vida palpita. Pero cerradas sobre una morada que se sabe vacía, esas mismas persianas solo reflejan una triste imagen de desolación.
Una casa puede ser espléndida, confortable, dotada de todos los refinamientos: eso importa poco. Una casa es Alguien, o no es nada.
Y para que permanezca habitada, es necesario que, cada mañana, alguien acepte abrir sus persianas y dejar entrar el día.
Esta presencia se anida a veces en la sencillez de un gesto que despierta la luz. Esta mañana, este papel le ha correspondido al pequeño Jean, de tres años. Para él, no hay pesadas persianas de madera que empujar, sino un gesto de su tiempo: un dedo puesto sobre un mando wifi. Un gesto minúsculo, pero soberano.
Un clic, y la persiana de la ventana se eleva lentamente. A medida que sube, una fina cinta de claridad aparece en la parte baja del cristal y se alarga sobre el suelo de madera. Entonces Jean se tumba en el suelo, con la mejilla apoyada contra la madera, el ojo muy cerca de esa línea luminosa, para no perderse nada de la luz que avanza, se desborda y gana poco a poco toda la habitación. Ella ahuyenta la sombra y la frialdad que habrían podido hacer creer en una casa vacía.
Al verla inundarlo todo, con el rostro iluminado, Jean ha exclamado en un impulso de pura alegría: « ¡Es de mañana! »
Desde lo alto de sus tres años, Jean no se conforma con constatar que es de día: le abre la puerta de par en par. Mejor aún: se pone a su altura, se inclina hasta el suelo para acogerla lo más cerca posible. Con su gesto y con este abajamiento, le devuelve a la casa su alma y su verdad. Rechaza la desolación de las persianas cerradas.
¿No es ese el secreto de nuestra vida espiritual? Cuando Jesús habla de la « Casa del Padre », no nos describe una morada lejana: nos habla de Alguien, de una Acogida, de una Vida compartida que se niega a permanecer cerrada. Esta Casa es ese lugar donde la Vida espera nuestro consentimiento. A veces, nos quedamos en la sombra de nuestros hábitos, olvidando que el gesto de la esperanza está al alcance de la mano.
Basta un impulso de confianza — y a veces un humilde abajamiento — para dejar que la Luz divina invada nuestro espacio interior. Entonces, el corazón, por fin habitado, puede exclamar a su vez: « ¡Es de mañana! »