Hay dos maneras de ser guiado. La del domador, que lleva al animal con freno y cabestro, sin que entienda. Y la del padre, que explica, que muestra, que no quita los ojos de su hijo. Dios elige la segunda.
«Sobre ti fijaré mis ojos»: no es la vigilancia de un controlador, es la atención del amor. No se aparta la mirada de lo que se ama.
«Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos.»
Salmo 32:8
El versículo siguiente advierte: no seas como el caballo o el mulo sin entendimiento, que hay que sujetar con freno. Dios prefiere hablarte antes que forzarte. Pero para eso, hay que prestar oído.
Su dirección viene a menudo por su Palabra, leída sin prisa, y por la paz interior que confirma o detiene. Dale por dónde hablarte, y te mostrará.