La esperanza no es optimismo. El optimismo dice «todo saldrá bien» apostando por las circunstancias. La esperanza dice otra cosa: dice «él ha vencido», apostando por Dios. Esta distinción se vuelve crucial cuando las cosas no salen bien.
Ante el duelo, un proyecto roto, una enfermedad que no sana, el optimismo se agota rápido. La esperanza aguanta — porque no descansa en lo que ves, sino en el que conoces. Pablo llama a Dios el Dios de esperanza: él es su fuente, no solo su objeto. Puedes estar triste y tener esperanza. Puedes estar probado y sostenerte. Esto no es contradictorio; es la marca de la fe.
«Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo.»
Romanos 15:13