Vivimos en un mundo donde perderse parece imposible. El GPS recalcula, corrige, anticipa. Sin reproches, solo una nueva ruta propuesta. Pero en nuestra vida interior, ¿quién recalcula?
Hay momentos en que nos damos cuenta de que hemos tomado un camino equivocado. No en la carretera, sino en nuestras elecciones, nuestras relaciones, nuestras prioridades. Y entonces la tentación es fuerte: entrar en pánico, condenarnos a nosotros mismos, quedarnos paralizados. Como si un giro equivocado borrara el destino.
La Palabra de Dios nos dice algo extraordinario. Dios no abandona la navegación cuando nos desviamos. Recalcula — pero en gracia. Esa es la diferencia. Un GPS técnico recalcula fríamente. Dios recalcula con amor, con paciencia, con conocimiento de quiénes somos realmente.
«Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos.»
Salmo 32:8 (RVR60)
Jesús dice: «Yo soy el camino.» No «conozco el camino». Él mismo es el camino. No puedes perderte verdaderamente si permaneces en su compañía — incluso cuando la ruta parece menos directa de lo esperado.
Así que quizás ahora mismo te sientes un poco perdido. Quizás el sendero se parece menos a una autopista clara y más a un camino sinuoso. Es normal. La vida no es una línea recta.
Pero tu Guía nunca ha perdido la señal.