La pregunta sobre la vida eterna no se hace en abstracto. Se hace al pie de la cama de un padre enfermo, ante un ataúd, o en una noche en que nos damos cuenta de que somos mortales. La fe cristiana no nos da una descripción precisa del más allá; nos da una persona.
Jesús no dijo «les hablo de la resurrección» — dijo «yo soy la resurrección». La vida eterna no es un lugar al que se llega más tarde; es una calidad de vida que comienza ahora, en él, y que no se apagará con tu último aliento. Marta, de pie ante la tumba de su hermano, escuchó esta promesa. Tú también puedes escucharla, dondequiera que estés.
«Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.»
Juan 11:25-26