Un excursionista experimentado. Bien equipado. El bastón golpeando el suelo con ritmo, el GPS en la muñeca, la cantimplora en la mochila. Había conocido la lluvia en la espalda, el sudor en los ojos, las rodillas que protestaban en el descenso, esa subida que no terminaba. Me había resbalado en la gravilla, seguido señales caídas por el viento, caminado por instinto cuando la señal desaparecía. Sin agua. Ampollas. La fatiga que se instala al tercer día.
Sabía lo que cuesta caminar. Seguía adelante de todos modos.
Y sin embargo, me detuve. Sentado sobre un tronco caído al borde del sendero.
«Por una piedrecita.»
Me quité el zapato. Lo sacudí. ¿Y qué cayó? Una piedrecita minúscula. Tan pequeña… tan pequeña… Y sin embargo.
Tú conoces a este excursionista.
Has atravesado pruebas que el mundo llamaría grandes — duelos, relaciones rotas, enfermedades, años difíciles. Las has soportado. Has seguido caminando. Y luego un día, es una cosa pequeña lo que te detiene. Una palabra fuera de lugar. Un recuerdo que regresa. Un resentimiento que creías haber soltado. Una vieja vergüenza. Algo tan pequeño que no te atreves a hablarlo — y sin embargo te impide avanzar.
Las piedras en el camino pueden ser grandes. Pero en el zapato, la más pequeña basta para paralizar.
Es aquí, creo yo, donde el Evangelio dice algo inesperado.
Cristo no ha quitado las piedras de mi camino. No ha prometido una carretera lisa, sin obstáculos, sin subidas ni bajadas. La vida del discípulo no es un paseo para la salud — es una marcha, a veces exigente, a menudo empinada. Las pruebas permanecen. Las dificultades persisten.
Pero Él ha hecho todo para que no llevemos ninguna en el zapato.
Es decir: ha tomado cuidado del interior. De lo que nos impide caminar no por las circunstancias externas, sino por lo que llevamos interiormente sin darnos cuenta. La culpa. La herida no sanada. El pecado que arrastramos. La amargura que alimentamos sin querer. Esas pequeñas piedras invisibles que, con el tiempo, hacen cada paso doloroso.
«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.»
Mateo 11:28 (RVR60)
La gracia no es la ausencia de obstáculos en el camino. Es la libertad de caminar sin una piedra en el zapato.