Cuando perseverar es un acto de fe
Hay una imagen que no puedo olvidar: un tren cada hora, regular, eficiente, fantástico. Y luego, por una deriva invisible, la misma lógica aplicada al amor. Una pareja por temporada. Una relación renovable. Un afecto con fecha de caducidad.
Casi nos reímos — y sin embargo, eso es exactamente lo que nuestra época ha llegado a creer.
Lo hermoso de esta reflexión es que no se limita a diagnosticar. Afirma. Con calma, con profunda convicción, dice: «El amor siempre ha dicho para siempre.» No es un eslogan romántico. Es una declaración sobre la misma naturaleza del amor — que no puede decirse de otra manera que en la duración, que algo en él exige el siempre igual que el río exige el mar.
«El amor nunca deja de ser.»
1 Corintios 13:8 (RVR60)
Quizás la pregunta no es «¿merece este amor durar?» sino «¿sigo creyendo que durar es posible?» Porque ahí empieza todo: en esa fe frágil, obstinada, de que el amor puede sostenerse.
Y Dios, nos dice el texto, sabe esto mejor que nadie. Él que ha amado desde siempre, y para siempre.