Esa mañana, al hundir las raíces del pequeño Ginkgo en la tierra de nuestra iglesia, pensé en la oración.
No la oración de la que hablan los libros — con sus métodos y disciplinas. La oración como respiración: tranquila, regular, a menudo sin pensarlo. Esas pocas palabras murmuradas al amanecer, esa pausa silenciosa antes de una decisión difícil, ese suspiro que se convierte en una confidencia dirigida a Dios.
El Ginkgo biloba es un árbol extraordinario. Se le llama «fósil viviente» porque existió mucho antes que nosotros, y probablemente seguirá ahí mucho después. En Hiroshima, en 1945, cuando la bomba arrasó todo, un Ginkgo sobrevivió. Hoy sigue creciendo allí. No a pesar de la destrucción — después de ella.
¿Cómo resiste? Por sus raíces. Profundas, tenaces, extendidas hacia aguas subterráneas que nadie ve.
Eso es lo que la oración hace en nosotros. No nos protege de la tormenta. Nos enraíza lo suficientemente hondo como para que la tormenta no pueda arrancarnos. Nos conecta a una fuente que ni la sequía ni el fuego pueden secar.
«Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto.»
Jeremías 17:8 (RVR60)
Jeremías lo dice con sencilla belleza: el hombre que confía su vida a Dios es como un árbol plantado junto a las aguas. Su follaje permanece verde incluso cuando llega el calor.