Lo que el corazón de un tronco puede enseñarnos
Parecía sólido. Macizo. Casi indestructible. Mirándolo desde fuera, no sospechábamos nada.
Y luego se abrió.
El corazón — esa madera densa y viva que debería haber estado ahí — no era más que una materia quebradiza y ennegrecida. Una cáscara. Carcomida desde dentro por algo infinitesimal: un clavo. Una punta minúscula, clavada un día, quizás por accidente, quizás sin pensar. Y esa brecha microscópica fue suficiente. La podredumbre se infiltró, progresivamente, en silencio. El árbol siguió estando erguido. Parecía sano. Pero estaba hueco.
No pude evitar pensar en nuestra vida espiritual.
¿Cuántas veces estamos de pie — con buena apariencia exterior, respetables, incluso ejemplares — mientras algo nos vacía por dentro? Un pequeño compromiso que nos hemos permitido. Un hábito que hemos dejado instalarse. Una brecha que no hemos tomado en serio porque parecía tan insignificante comparada con la fuerza de todo lo demás.
«Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.»
Proverbios 4:23 (RVR60)
El pecado no actúa a través de grandes gestos. Actúa por infiltración.
La buena noticia es que la podredumbre puede ser eliminada. Que hay una restauración que no se limita a repintar la fachada sino que renueva desde dentro. Eso es lo que hace Cristo — no una reforma, una re-creación.