Hay una frase que vuelve en el relato de la Pasión, una frase tan breve que podrías pasarla por alto si no te detuvieras: «Consumado es.»
Tres palabras. Y sin embargo, todo está ahí.
Cuando Jesús pronuncia estas palabras desde la cruz, no está hablando de una derrota. No está diciendo «se acabó» como alguien que se ha rendido. Está diciendo «está hecho» —como un artesano que deposita sus herramientas después de completar su obra maestra. Cada profecía, cada cordero sacrificado, cada página del Antiguo Testamento apuntaba hacia este momento exacto. Y ahí, sobre esa madera infame reservada para los peores condenados, algo inmenso se estaba cumpliendo en silencio.
Lo que me conmueve es la transformación radical que esto representa. La cruz —instrumento de vergüenza y muerte— se convierte en el signo de la vida más profunda. Lo que era maldición se vuelve bendición. Lo que era condenación se vuelve perdón. Dios toma lo que los hombres diseñaron para humillar, y hace de ello el trono de su gracia.
Quizás estás atravesando ahora mismo algo que se parece a un Viernes Santo en tu vida —una situación que parece sin salida, un duelo, un fracaso, una herida que has cargado demasiado tiempo. La cruz no te ofrece una explicación fácil para tu sufrimiento. Pero te dice esto: Dios no tiene miedo de entrar en los lugares más oscuros. Lo hizo una vez, para siempre.
«Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.»
Juan 19:30 (RVR60)
¿Y si «consumado es» significara también que tú no tienes nada que demostrar, nada que añadir —solo recibir?